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Europa y la producción de azúcar en Latinoamérica

Escrito por Juan de Dios Ramírez M. Publicado el día bajo la Categoría Noticias de la Industria Agro-Azucarera para México y Latinoamérica

El azúcar, entendido como un eslabón importante entre los productos básicos de consumo, se ha convertido en una fuente de gran trascendencia para la comprensión del pasado y el presente de las civilizaciones. El papel que ha jugado en las diferentes culturas puede aportar las herramientas fundamentales para conocer la relación que tuvieron los hombres antiguos con su entorno natural: el aprovechamiento de los jugos vegetales, en este caso con los de la caña de azúcar, y su integración a la vida cotidiana. Por ejemplo, en la Europa del Siglo XV se le consideraba un manjar exótico y medicinal de gran valor, en la mayoría de los casos porque debía ser importando desde otras latitudes, hasta que más adelante se convirtió en parte de diversas bebidas y en una fuente imprescindible de carbohidratos. Tres siglos después del descubrimiento de América, la caña de azúcar se convirtió en el producto agrícola más importante para los europeos colonizadores. Se alzaron los cañaverales en el litoral húmedo del noroeste de Brasil y, posteriormente, en las islas del Caribe: Barbados, Jamaica, Haití, República Dominicana, Cuba, Puerto Rico, Veracruz y la costa peruana. Numerosas legiones de esclavos africanos dedicaron su mano de obra para la explotación del “oro blanco”. La introducción de esta especie nueva en la región tropical de Latinoamérica modificó rápidamente el paisaje, y alteró costumbres agrícolas y de organización laboral. Repercutió en la vida comercial y política en ambos hemisferios; de ser un producto exclusivo y lujoso, se transformó en una mercancía accesible para todos los grupos sociales. Producir azúcar en latitudes americanas era un negocio de moda que necesitaba el arrojo aventurero de un empresario exitoso. Requería de fuertes inversiones de capital, por lo que sólo políticos y grandes comerciantes podían tomar el riesgo de emprender un ingenio azucarero. Construirlo en el medio rural demandaba, además de fortuna y muchas manos trabajadoras, las relaciones estratégicas que pudieran dar marcha a los engranes del negocio de los endulzantes. Aún con esta carga, los europeos podían saciar su ambición a sabiendas de que esta región tropical generaba cantidades más grandes de caña de azúcar difíciles de producir en tierras occidentales; además contaban con una tecnología de procedencia asiática, pero con adaptaciones y perfeccionamientos que se fueron dando según las necesidades de la tierra.

 

En el caso particular de México (o Nueva España, como era conocido entonces), el desarrollo de la industria azucarera estaba condicionado a las órdenes de los reyes españoles a finales del siglo XVI. Para 1590, el consumo de azúcar por parte de los mexicanos se daba en grandes cantidades y comenzaba a tener un lugar dentro de las costumbres culinarias de los pueblos indígenas que sobrevivieron a la imposición cultural europea. Así da comienzo el uso tradicional del extracto de caña para producir golosinas y conmemorar días festivos como el de Todos Santos y de Muertos, con “calaveras” elaboradas con azúcar y una gran variedad de “pan de dulce”. Detrás de todo esto se encontraban las cuantiosas inversiones que hacían poderosas instituciones religiosas o particulares españoles adinerados que no vacilaban en comprar tierras irrigadas, pagar para el desvío de ríos o la construcción de acueductos. Contaban con el capital suficiente para adquirir maquinaria o levantar una fábrica para obtener el preciado “polvo blanco refinado”.

Para muchos historiadores, la producción industrial azucarera de la Nueva España se caracterizaba principalmente por estar orientada hacia el consumo interno, es decir, lo que se producía se empleaba para las reservas de la región. Este proceso se dio hasta bien entrado el siglo XIX y se hizo notar una actividad económica muy intensa donde predominaban los intercambios comerciales entre pueblos y haciendas azucareras; al igual que temporadas largas de trabajo y el intercambio de métodos de cultivo, extracción y refinación. En el caso de los ingenios azucareros, estos constituyeron, junto con los molinos de trigo, las primeras agroindustrias de la Nueva España, pues muy aparte de lo que sucedía con la Revolución Industrial en Europa, en la infraestructura americana se creó una forma de organizar el trabajo basado en la complejidad e intensidad del proceso de la caña. La simultaneidad de las actividades de cultivo y extracción del dulce era indispensable por la inmediatez que requiere el procesamiento de la planta una vez cosechada. Una peculiaridad de este momento histórico fue la convivencia entre la población indígena y las empresas azucareras dándose la mezcla racial entre los 3 grupos que se dedicaban a la labor cañera: españoles, africanos e indios. Cabe destacar que durante el siglo XIX la producción del azúcar y algodón basado en la esclavitud africana, sobre todo en el sur de los Estados Unidos y Cuba, experimentaba un gran auge por la gran cantidad de productos que se podía comercializar. Sin embargo, en los países hegemónicos de Europa crecía una toma de conciencia y nacía el abolicionismo como movimiento político opuesto a las prácticas esclavistas.

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