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Independencia y Revolución Mexicana: altas y bajas en la Agroindustria Azucarera
En casi todos los países, hasta los más liberales en cuanto a política comercial, la agroindustria azucarera se vuelve compleja en su sistematización y transforma el orden gubernamental. A mediados del siglo XIX, la violencia se adueñó de la escena política en muchas zonas de América Latina. Al suscitarse la independencia de México tras un largo periodo de colonización española, la producción azucarera se vio afectada en regiones agrícolas como las de Veracruz, Morelos y Guerrero. Según los expertos, es difícil cuantificar las dimensiones de la baja producción de azúcar; sin embargo, se cuentan con testimonios que hablan sobre la recuperación de 1870 con una producción nacional de 25 mil toneladas, lo doble de lo que se obtenía a finales del siglo XVIII con la dirección europea. Durante el mandato de Porfirio Díaz (1876-1911), el gobierno autoritario favoreció de cierta manera para la construcción de una extensa red ferroviaria que favoreció al desarrollo de diversas ramas industriales. Los grandes propietarios extendieron los cultivos de caña de azúcar e incorporaron nuevas y mejores técnicas en los ingenios, con lo que esta actividad cobró nueva vida y se abrió hacia los mercados exteriores. Esta revolución azucarera se concentró en gran medida en el Estado de Morelos donde la ampliación de las obras de riego hizo posible el incremento de las siembras, y ante las expectativas de ampliación de los mercados exteriores, se vislumbró entre los grandes hacendados azucareros un gran interés por la modernización y la aplicación de estrategias económicas mediante la expansión de los cultivos en las tierras que estaban en arrendamiento, constituyéndose así el modelo de “plantación”, es decir, que cada ingenio operaba sobre la base de sus propias posibilidades de producir materia prima, variable dependiente de la disponibilidad de tierras de riego que cada uno poseía.
Pero todo esto acabaría entrando el siglo XX, pues con la Revolución iniciada en 1910 llegaron reformas agrarias y la abolición del sistema de haciendas, las reparticiones y adquisiciones pasaron a manos de comunidades ejidales, lo que dividió y desorganizó el proceso de elaboración de azúcar que ya se había establecido en las haciendas. Fue hasta 1925 que se da una reactivación en el proceso de fabricación azucarera pero con una administración muy inestable. Mientras el tiempo avanzaba la industria se iba poniendo al día pero con tintes de corrupción. Se creó un Banco Azucarero para dar préstamos a la infraestructura de los ingenios, pero el dinero era desviado a cuentas privadas y el beneficio se quedaba solamente en los discursos de los líderes industriales.
La crisis que estaba pasando la industria azucarera causó la quiebra de muchas fábricas por las exorbitantes cantidades de excedentes quemados y cañaverales destruidos ante la baja demanda y el constante aumento de la producción. Con este panorama tan negativo, corporativos de Sinaloa y Veracruz se unieron para formar la compañía Azúcar S.A. en enero de 1932. En poco tiempo, otros grupos se unieron al consorcio y tuvieron una reestructuración ante las órdenes del general Lázaro Cárdenas, presidente en turno de México, para consolidarse como la Unión Nacional de Productores de Azúcar S.A.(UNPASA) Sin embargo, el Gobierno Federal tuvo que gastar grandes cantidades de dinero para levantar a una industria casi perdida. Pero aún con los esfuerzos y las rachas de ganancia que se iban suscitando, los estragos de la Segunda Guerra Mundial provocaron la importación de 257 mil toneladas de endulzante a precios muy superiores al vigente hoy día. Una de las posibles causas de la baja producción pudo haber sido provocada por el aumento en la demanda de los precios internacionales del azúcar y el alcohol, lo que ocasionó que muchos cañeros utilizaran todos sus sembradíos para la fabricación de estos productos para su exportación.
Tres años después de terminada la guerra, el gremio azucarero mexicano obtuvo una producción de 645 mil toneladas, con un excedente de 171 mil, que al año siguiente se triplicó; por lo que el periodo que comprende de 1956 a 1967 es considerado como uno de los puntos más altos en cuanto a fabricación de azúcar se refiere. Para inicios de 1970, el negocio del endulzante mexicano es reconocido de gran importancia para la economía del país, principalmente por las cantidades que se enviaban al vecino del norte. Desafortunadamente, las viejas políticas y bases administrativas deficientes obstaculizaron el camino horizontal para el mercado azucarero nacional. Para el sociólogo Peter Singelmann, el nexo de las dimensiones económicas y políticas, complejas y ambivalentes, y el “compadrazgo” político de los dueños de los ingenios que buscaba el interés personal y no el beneficio para la cosecha de la caña y los trabajadores, era la constante lucha para esquivar las crisis que en la mayoría de los casos se traducía en pérdidas cuantiosas que tenía que absorber el gobierno.








