• 27 noviembre, 2020 8:08 PM
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Tenemos una sociedad enferma, probablemente envenenada en varios aspectos. La política, la economía, la salud, la seguridad, son temas complicados que están en la agenda del día a día de nuestra vida en sociedad.

El tema azucarero no podía estar al margen. Cómo separar al “veneno embotellado” de la idea, sin que se aclare, de un “veneno granulado” o de una “política del veneno”. Desde los altos púlpitos del gobierno federal, en boca de personajes que poco han logrado, estadísticamente hablando; en el control sanitario de la pandemia del Covid-19, se ha señalado a los productos endulzados, entre otros, como los causantes de que el Covid-19 esté afectando a diversos estratos sociales, aquellos con enfermedades probablemente originadas por la ingesta excesiva de “azúcares” en plural, harinas, grasas y sales. Toda cabe en un mismo saco.

Como se ha argumentado sin matices, habría que subrayar que todo alimento o ingrediente que consume el ser humano en exceso provocará algún tipo de reacción o daño en la salud: alcohol, cigarro, carnes rojas, tortillas, salsas, antojitos, productos químicos, medicamentos con efectos secundarios, incluso inalado, no ingerido, el aire en el medio ambiente que respiramos todos los días.

Sin que los consumos en exceso como causas se alejen de la verdad, pensamos que el momento de hacerlo público y subirlo a los medios y señalar a los culpables sin mencionarlos abiertamente, a las empresas genéricas, tiene por objeto quitar responsabilidades sobre el manejo deficiente de la política de salud, en primer lugar, sin dejar de lado el manejo económico, politizando los temas técnicos, o de control, las estrategias en sí. De alguna manera buscar “socializar” los fracasos, cuando precisamente la excesiva individualización de las decisiones, no ha abonado a un buen manejo de las acciones y estrategias para controlar la pandemia y su incalculable afectación en la economía y en la sociedad.

Ahora que el “veneno embotellado” se está usando como escudo a las críticas, convendría que se socializaran las soluciones, que se convoque a todos los involucrados en la problemática de la salud, empezando por el Consejo Nacional de Salud, a los organismos empresariales, a representantes de la sociedad civil y de los consumidores, a los responsables operativos del manejo de la pandemia y de sus efectos económicos-sociales, y proponer alternativas de solución a la pandemia de salud generada por los alimentos y bebidas con exceso de carbohidratos y por tanto de calorías.

Ir más allá del solo etiquetado, transparentar el contenido de los productos, diferenciar para el caso de los “azúcares”, qué tipo de endulzantes contiene tal o cual producto, sabiendo que detrás de la palabra “azúcar” se ocultan decenas de insumos que endulzan y no sólo aporta la necesaria energía para la vida del ser humano, cuáles aportan calorías y los riesgos del exceso y cuáles no.

Rediseñar la fórmulas de los productos, diseñar nuevos productos, acabar con la falta de transparencia y hablar claramente sobre los conflictos de interés en la industria y en los gobiernos. Diseñar políticas públicas para beneficio de la sociedad en general y no de unos cuantos.

Los participantes directos en la producción de azúcar, cañeros para materia prima e ingenios para su industrialización, no son en primera instancia responsables directos en la formulación y fabricación de los alimentos y bebidas azucaradas.

Hay grupos e ingenios azucareros, sin embargo, que pertenecen o son parte de grupos industriales más grandes y complejos; por ejemplo, grupos que tienen control de empresas embotelladoras, y que también poseen ingenios que procesan la caña de azúcar para producir el endulzante de caña. Y esos grupos toman decisiones sobre qué tipos y variedades de endulzantes utilizar, en qué proporciones mezclarlos, para qué producto final, ya sea azúcar de caña, o jarabe de maíz de alta fructosa, o miles de abeja o de agave, qué edulcorantes químicos, etc.

Hay corporaciones que producen azúcar, pero deciden endulzar sus productos con jarabe de maíz importado, mezclando ambos, o usar uno u otro. Grupos a los que no les interesa transparentar los ingredientes de sus productos. Los enmascaran detrás de etiquetas ininteligibles. O de palabras genéricas.

El problema de señalar culpables para descargar culpas personales, es que se pueden afectar a sectores completos de la actividad productiva, desde pequeños y medianos productores de caña de azúcar o de maíz, cadenas de suministro, pequeñas y medianas empresas, no sólo a trasnacionales con mercados globales que dicho sea de paso, habría que invitarlas también a ser parte de las soluciones y no chivos expiatorios de un problema de salud que taremos arrastrando hace décadas.  Un problema social de salud, que atraviesa todo: la educación, la cultura, la nutrición, la de falta de oportunidades, la deficiente infraestructura, como la falta servicios de agua potable, en comunidades, en escuelas, en hogares. ¿Será peor tomarse un refresco que tomar agua contaminada? Que lo digan los especialistas.

Editorial Zafranet. Martes 11 de agosto de 2020.