En el ingenio El Potrero, Veracruz, a las cinco de la mañana todavía huele a melaza quemada y a sudor. Don José Luis Hernández, 42 años, tercera generación de cañeros, enciende su vieja Ford 79 con un suspiro que ya no es de cansancio, sino de resignación. Este año cosechó 320 toneladas. Le pagaron 1,120 pesos por cada una. Para producirlas gastó 1,280. Perdió 51,200 pesos que no volverán. Su hija mayor dejó la carrera de enfermería en Xalapa porque “ya no alcanza, pá”. Su esposa vende garnachas en la carretera para completar la quincena. Y don José Luis no es una excepción: es el rostro de los 200,000 productores que ven cómo la industria que alimentó pueblos enteros durante siglo y medio se derrite más rápido que el piloncillo al sol.
Mientras usted pone dos cucharaditas de azúcar en su café sin pensar cuánto costó que llegara a su mesa, hay familias enteras que no saben si podrán seguir sembrando caña el próximo ciclo. Esta es la crónica de cómo México está perdiendo, casi sin darse cuenta, uno de sus cultivos más emblemáticos.
El dulce que alimentaba pueblos
En 1980 México cultivaba casi 3 millones de hectáreas de caña y operaban 68 ingenios. Los pueblos giraban alrededor del trapiche: había cine los domingos, escuela técnica, hospital del seguro social azucarero, béisbol los sábados y bodas cada fin de semana. La zafra era fiesta. Hoy quedan 47 ingenios, dos cerraron este mismo año, y la superficie cañera cayó a menos de 750,000 hectáreas. La fiesta se convirtió en funeral.
En números fríos: en siete años México perdió una superficie equivalente a toda la producción actual de Jalisco y San Luis Potosí juntas. En números humanos: se perdieron pueblos completos, jóvenes que migraron a Estados Unidos o a las maquilas de Puebla porque ya no había nada que hacer aquí.
La caña se sigue cultivando en 16 estados, pero su corazón late en el centro y sureste del país, donde más de 800,000 hectáreas se destinan a 47 ingenios. Veracruz domina con cerca del 45% de la producción nacional.
El machete que ya no corta ni el gasto
En 2015, cuando el precio internacional mejoraba, un cañero veracruzano podía decir: “Con una hectárea mantengo a mis cuatro hijos”. Hoy esa misma hectárea cuesta más de 70,000 pesos producirla: fertilizantes que subieron 120%, diésel a 24 pesos el litro, jornal de corte que pasó de 220 a 380 pesos diarios. Y el pago ronda las 62 toneladas por hectárea a 1,120 pesos. La cuenta es simple: ingreso bruto de 69,440 pesos… y números en rojo.

Resultado: entre el 70% y el 80% de los productores trabajan con pérdidas. Lo resume doña Rosa, esposa de un cañero en Atencingo: “Ya ni la tortilla sale de la caña; sale de la tarjeta de Bienestar de mi suegra”.
El mundo nos gana por goleada
Mientras el cañero mexicano batalla para sostener su parcela, Brasil cosecha con drones, máquinas guiadas por GPS, variedades transgénicas que rinden 110 toneladas por hectárea y un real debilitado que favorece las exportaciones. Estados Unidos subsidia a sus farmers para inundar México con jarabe de maíz de alta fructosa, que cuesta la mitad y ya domina el 50% del mercado de endulzantes.
El refresco del Oxxo, la nieve de garrafa y el pan dulce de la esquina ya no llevan azúcar de caña mexicana: llevan HFCS estadounidense. Cada elección “más barata” deja a un cañero sin esperanza.
Los apoyos que se evaporaron: de la estabilidad estatal a la indiferencia presupuestal
En los años ochenta, el Fideicomiso de Estabilización del Precio del Azúcar era un salvavidas claro: cuando el precio caía, el gobierno compraba excedentes y evitaba quiebras; cuando subía, vendía reservas y devolvía ganancias. Una política contracíclica que mantuvo viva la industria y miles de empleos. Se desmanteló en 2001, bajo el argumento de “reestructurar” la industria azucarera, dejando a los cañeros expuestos a la volatilidad internacional.
Hoy, aunque el presupuesto total de Agricultura aumentó nominalmente a 75,195.5 millones para 2025, la inflación de más del 40% en el sexenio lo convirtió en un espejismo: el poder adquisitivo real se estancó o retrocedió. Los apoyos al sector cañero se achicaron de 8,000–9,000 millones a menos de 7,000 millones entre 2024 y 2025. La ASF reportó subejecución de hasta 30% en fondos de tecnificación y renovación.
La renovación de caña es el corazón de la productividad, pero mientras Brasil renueva el 20% de sus plantíos al año con subsidios focalizados, México apenas alcanza el 7–8%. El resultado son 200,000 hectáreas envejecidas, vulnerables a plagas y enfermedades, y rendimientos que cayeron por debajo de 62 toneladas por hectárea en la zafra 2024/25.
La gota que derramó el trapiche
El 24 de noviembre de 2025, más de 20,000 cañeros, junto con maiceros, ganaderos y transportistas, bloquearon carreteras en Veracruz, Puebla, San Luis Potosí y Tamaulipas. No fue capricho: fue supervivencia. Ese año cinco cañeros fueron asesinados en carreteras por no pagar “cuota”. Las demandas eran básicas:
– 300 pesos de subsidio inmediato por cada tonelada cosechada (para no quebrar este mismo año)
– Reducción o suspensión de las cuotas de importación de azúcar y, sobre todo, del jarabe de maíz estadounidense
– Precio mínimo de referencia de 1,300–1,500 pesos por tonelada para que al menos cubran costos
– Un plan real de renovación de 110,000 hectáreas anuales (el doble de lo que se hace hoy)
– Seguridad en las carreteras: que la Guardia Nacional cuide la caña y no sólo el ducto
– Cambiar dos artículos de la Ley de Aguas para que un hijo pueda heredar la concesión de agua de su padre sin morir en papeleo
Después de 14 horas de reunión en Segob la madrugada del 26 de noviembre, el gobierno ofreció “mesas de trabajo”. Los cañeros respondieron: “Las mesas no comen.
Tras 14 horas de reunión en Segob, el gobierno ofreció “mesas de trabajo”. La respuesta de los cañeros fue contundente: “Las mesas no comen”.
El impacto social de la crisis cañera: más que números, vidas que se rompen
La crisis de la caña se vive en 227 municipios de 16 estados, donde 200,000 familias y más de 2.5 millones de personas dependen de la zafra. Cada dato frío esconde una historia dolorosa.
En las familias: abandono escolar del 35–50% en zonas cañeras desde 2019, migración forzada de al menos 180,000 personas entre 2018 y 2025, casos de alcoholismo y violencia intrafamiliar que aumentaron entre 60% y 80%, desnutrición infantil que creció 40% y diabetes en adultos que subió 55%.
En los pueblos: cierre de comercios, pérdida de identidad, fiestas patronales que ya no se celebran y jóvenes que ahora trabajan como halcones porque “pagan más seguro y más rápido”. En 2025 hubo al menos 12 ejecuciones relacionadas con control de rutas de caña.
En la nación: México importa entre el 18% y 22% del azúcar que consume y más del 50% de los endulzantes totales. La caída de la zafra 2024/25 significó casi 400,000 empleos indirectos perdidos. El campo se muere, la migración crece y las remesas sostienen lo que el abandono estatal dejó caer.
Lo que México puede hacer antes de que sea demasiado tarde
La presidenta Claudia Sheinbaum tiene en sus manos la oportunidad histórica de evitar que la caña de azúcar se convierta en el próximo maguey henequenero: una industria que fue orgullo nacional y terminó en museo. No se necesitan inventos. Basta con voluntad:
1. Decretar ya el subsidio de 300 pesos por tonelada para la zafra 2024/25 y 2025/26. Cuesta menos que un par de estaciones del Tren Maya y salva a 200,000 familias.
2. Sentarse con el secretario de Agricultura de Estados Unidos y decirle: “O bajan el jarabe o subimos el arancel”. Punto.
3. Declarar la agroindustria cañera de interés nacional y etiquetar presupuesto plurianual para renovación de plantío, tecnificación de riego y seguros agrícolas universales.
4. Poner a la Guardia Nacional a patrullar las carreteras por donde pasa la caña, no sólo las de Pemex.
5. Modificar la Ley General de Aguas en dos artículos para que el derecho al agua sea hereditario y no burocrático.
6. Crear un fondo de estabilización moderno que compre excedentes cuando el precio caiga y venda cuando suba, como hacía antes.
Don José Luis cierra la puerta de su camioneta y mira el campo seco. “Mi abuelo decía que la caña es como la mujer celosa: si la cuidas, te da todo; si la abandonas, se seca”. Hoy México la abandonó. Y la caña se está secando.
Ojalá esta crónica haga que, en algún despacho del gobierno federal, alguien pruebe el café sin azúcar… para que entienda, por primera vez, lo amargo que sabe el futuro de los últimos cañeros de México.
Redacción: El Independiente
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